SOLVEIRA "PEDRO SOLVEIRA COLLAZO" [Vigo 1932]
Artista de difícil adscripciòn a tendencias o grupos, se expresa de modo personalísimo, y no cabe llamarlo estrictamente pintor, aunque colores utilice, sobre dibujo previo, ya que su soporte habitual es chapa de hierro, que cincela, y sobre la que extienda esmaltes para que las altas temperaturas de la mufla los fijen, fundan, condicionen y, en definitiva, transformen respecto de sus tonalidades iniciales.
Solveira inició sus estudios de arte en Vigo y los amplió en Madrid, donde trabajó en diferentes modos de expresión, desde la acuarela hasta la litografía.
Regresa a su ciudad natal y ensaya la técnica personal que hemos descrito, para expresarse, inicialmente, en un mundo descriptivo y folklorista, anecdótico y referencial, que constituye la base de sus primeras exposiciones, en la década de los sesenta. Sin embargo, su mente analítica, su concienzudo razonar de todo concepto plástico hacía previsible un cambio radical, más que una evolución, aunque en los fondos de su obra primera algo de esto pudiera presentirse. Y, en efecto, sorprende con concepciones plásticas de un geometrismo riguroso, vagamente emparentable con la estética de Chillida, Martín Chirino, Palazuelo, Michavilla o Sempere.
Expone e interesa en toda España. Salta a Londres, con el patrocinio de la embajada Española que titulaba Manuel Fraga y viaja a Estados Unidos, en varias de cuyas ciudades más importantes, además de Nueva York, ha mostrado sus obras repetidamente.
Monta taller en su pazo de Nigrán, donde dibuja y ensaya nuevos conceptos plásticos incansablemente, desde la proyección en el espacio de geometrías ideales, mientras mejora la técnica del esmalte en sus hornos eléctricos, hasta virtuosismos de alquimia, puesto que las oxidaciones de sus grises, la fusión de sus carmines y azúles, la emergencia de las tonalidades neutras de la chapa de soporte, con sus grumos, rugosidades, combados, alcanzan belleza inefables de textura. La obra de Solveira está representada en Museos de Galicia y de Estados Unidos, así como en importantes colecciones institucionales y privadas. Realmente, de su trayectoria importa la etapa abstractiva, conceptual, razonada, hermetizante, deliberadamente oclusiva a veces. El plano, en proyecciones increibles; el ángulo, los poliedros, son un alarde de concepción, que se aglutinan en el centro de un espacio ideal, como ciudades fantasmas en vagarosidades intuibles, o se expandan en fuga calculada. La recta se curva en máxima tensión y la curva parece que quiere enderezarse, y atraviesa o tangencia volúmenes que sugieren realidades inexistentes. Hay como retenciones de la imagen fugacísima de las cuerdas de un violín que han vibrado acariciadas por el arco de manera que cada una son muchas, en confusión y orden a un tiempo, paradójicamente, en esa visión estroboscópica que tenemos que imaginar. El relieve del cuadro contribuye a sumergir al espectador en un mundo por completo abstractivo, conceptual, de sugerencias, de insinuaciones, de realidades trastocadas, como paralelepípedos, cubos, tetraedros de una morfología de entomólogo o de serena visión sideral.
La artesanía de la obra bien hecha, concienzudamente trabajada, añade valores a la estética en este artista irrepetible.