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Considerado como uno de los mejores retratistas de la pintura española, este admirador del arte barroco dejará entrever en sus retratos la influencia de sus viajes a Holanda y sus conocimientos de la pintura flamenca y española, de Franz Hals y de Velázquez de los que aprende que el retrato, más que una representación física, es una introspección psicológica. Sotomayor se adentra en la personalidad del retratado a través de una composición cuidada en extremo, escrupulosamente pensada y medida en la que persona y obra adquieren la misma identidad, son uno mismo.
En el retrato mantiene un esquema fijo que consiste en situar al personaje a la derecha del cuadro, de medio cuerpo y en un primer plano, relegando el paisaje hacia el fondo. Destaca la dignidad del representado, en este caso sobriamente vestido con corbata y abrigo, de porte serio, su rostro es amable esbozando una media sonrisa y seduciendo con sus ojos de un azul transparente.
El fondo no es neutro, no funciona como elemento decorativo sino que adquiere en la obra un valor fundamental. Paisaje y personaje se identifican convirtiendo a la naturaleza una metáfora de la personalidad del retratado. La montaña y el árbol simbolizan valores como la estabilidad, la solidez y la nobleza y a la vez, remiten a la pintura del barroco, al paisaje de la sierra de Guadarrama que Velázquez empleaba como fondo de sus retratos reales.
La obra es un ejemplo de la capacidad técnica y de la riqueza cromática del autor. Si en sus primeros trabajos Sotomayor recurría a una pincelada suelta, su evolución le llevó hacia una pintura más detallista, acabada y relamida. La pincelada describe el óvalo del rostro, las modulaciones de la luz sobre la frente, el brillo de la mirada y todo ello confiere volumen y corporeidad a la imagen.
El contraste cromático se determina mediante dos niveles lumínicos. Frente al árbol y al caballero, que se mantienen en semipenumbra, la luz se concentra en el paisaje de fondo en el que domina una paleta caliente de rosas y naranjas impuestos mediante un trazo suelto y dinámico que desentona con la pincelada segura de ocres y pardos del primer plano.
Sotomayor, como un cronista de su época, no solo presenta imágenes individuales sino tipos y caracteres que definen la España de su tiempo.
Considerado como un dos mellores retratistas da pintura española, este admirador da arte barroca deixará entrever nos seus retratos a influencia das súas viaxes a Holanda e os seus coñecementos da pintura flamenca e española, de Franz Hals e de Velázquez, dos que aprende que o retrato, máis que una representación física é unha introspección psicolóxica. Sotomayor introdúcese na personalidade do retratado a través dunha composición coidada en extremo, escrupulosamente pensada e medida, na que persoa e obra adquiren a mesma identidade, son un mesmo.
No retrato mantén un esquema fixo que consiste en situar o personaxe á dereita do cadro, de medio corpo nun primeiro plano, relegando a paisaxe cara ó fondo. Destaca a dignidade do representado, neste caso sobriamente vestido con garabata e abrigo; de porte serio, o seu rostro amable esboza un medio sorriso e seduce cos seus ollos dun azul transparente.
O fondo non é neutro, non funciona como elemento decorativo senón que adquire na obra un valor fundamental. Paisaxe e personaxe identifícanse convertendo a natureza nunha metáfora da personalidade do retratado. A montaña e a árbore simbolizan valores como a estabilidade, a solidez e a nobreza, á vez que remiten á pintura do barroco, á paisaxe da serra de Guadarrama que Velázquez empregaba como fondo dos seus retratos reais.
A obra é un exemplo da capacidade técnica e da riqueza cromática do autor. Se na súas primeiros traballos Sotomayor recorría a unha pincelada solta, a súa evolución levouno cara a unha pintura máis detallista, acabada e relambida. A pincelada describe o óvalo dos rostro, as modulacións da luz sobre a fronte, o brillo da mirada, e todo esto confírelle volume e corporeidade á imaxe.
O contraste cromático determínase mediante dous niveis lumínicos. Fronte á árbore e ó cabaleiro, que se manteñen en semipenumbra, a luz concéntrase na paisaxe de fondo, na que domina unha paleta quente de rosas e laranxas, cores impostas mediante un trazo solto e dinámico que desentoa coa pincelada segura de ocres e pardos do primeiro plano.
Sotomayor, como un cronista da súa época, non só presenta imaxes individuais senón tipos e caracteres que definen a España do seu tempo.
De haber vivido en el siglo XVII, Rubens hubiera gustado de su amistad, puesto que es el último gran señor del arte español. Por influencia familiar hizo estudios castrenses y cursó la carrera de Filosofía y Letras, que no llegó a ejercer. Fue discípulo de Manuel Domínguez. Pensionado en Roma, conoce a fondo la pintura renacentista y barroca de florentinos, romanos y venecianos. Destaca muy pronto, puesto que en 1904 obtiene la segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes, y la primera dos años más tarde, en 1906. Es condecorado en 1912, y en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 tiene el honor de destinársele sala independiente. También obtiene distinciones en el extranjero, como medalla de bronce en Lieja y de oro en Munich, en 1909. Sigue acumulando galardones en muestras internacionales de Barcelona, 1907, y Buenos Aires, 1910. Miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1922, es nombrado director de la misma en 1953. Antes ha vivido plenamente la gloria en América, ya que es designado profesor, y después director, de la Escuela de Bellas Artes de Chile desde 1911. Fue subdirector del Museo del Prado desde 1919 y director en 1922, cargo que desempeña hasta el advenimiento de la República en 1931, y recobra en 1939, al concluir la guerra civil, desempeñándolo hasta su muerte. Ganó el premio March de pintura en 1956. Con motivo del centenario de su nacimiento se celebró en el Palacio Velázquez del Retiro una monumental exposición retrospectiva con más de un centenar de sus obras. Está representado en los principales museos de España, Europa y América. Sotomayor es un artista que recoge la mejor tradición del Renacimiento y sobre todo del Barroco. Su principal maestro es Velázquez, cuyos ambientes paisajísticos, en el retrato, evoca muchas veces. También es considerable la influencia que ejerce en su obra la pintura flamenca, desde Rembrandt a Franz Hals. Dibujante consumado, seguro, y colorista excepcional, tiene la virtud de la composición, y la seguridad del efectismo de la mancha en el juego de la luz, que domina de modo excepcional. Abordó todos los géneros, desde la composición histórica o mitológica a la escena folklórica, en la que son universalmente conocidas obras suyas como «Boda en Bergantiños». Como retratista es también un maestro, con piezas de excepción cuando no sé da el compromiso social, aunque incluso en ese ámbito concreto siempre hay en su obra empaque, dignidad y belleza. La faceta menos conocida de su pintura, y sin embargo magnífica, es el paisajismo puro. Arrastrando los modos impresionistas construye la obra con los mínimos elementos, desde una mancha seca, rápida, de excepcional virtud. Bastaría el ejemplo del «Paisaje del Berbés», que conserva el Museo de Pontevedra, para calificarlo de maestro. Sotomayor es el enlace, el necesario eslabón, entre la gran pintura barroca y las tendencias innovadoras que surgen desde comienzos del presente siglo, y a las que nunca quiso adscribirse. Le bastó la figuración, el academicismo sentido en libertad, la elegancia de gran empaque conceptual, para ser un gran maestro.
-Contreras, Juan (Marqués de Lozoya): Sotomayor. Madrid, Edic. Cultura Hispánica, 1948. -Chamoso Lamas, Manuel: «Arte», en Galicia. Barcelona, Edit. Noguer. 1976. -Sánchez Cantón, F. J.: Fernando Alvarez de Sotomayor. Madrid, 1952. -Campoy, A. M.: Diccionario crítico del arte español contemporáneo. Madrid, Ibérico Europea de Edic., 1973. -Pablos, Francisco: Pintores gallegos del Novecientos. A Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981. -Pablos, Francisco: Plástica gallega. Vigo, Caixavigo, 1981. -Gaya Nuño, J. A.: La pintura española del siglo XX. Madrid, Ibérico Europea de Edic., 1970. -Filgueira Valverde, J.: Pintores ferrolanos. A Coruña, Diputación Provincial, 1980. -Mon, Fernando: Pintura contemporánea en Galicia. A Coruña, Caixa Galicia, 1987. -Pantorba, Bernardino de (seudónimo de José López Jimenez): Historia y crítica de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes celebradas en España. Madrid, 1980.
De ter vivido no século XVII, probablemente a Rubens lle tivese gustado a súa amizade, xa que é o derradeiro grande señor da arte española. Por influencia familiar fixo estudios castrenses e cursou a carreira de Filosofía e Letras, que non chegou a exercer. Foi discípulo de Manuel Domínguez. Tivo unha bolsa de pensión en Roma, onde coñeceu a fondo a pintura renacentista e barroca de florentinos, romanos e venecianos. Destaca moi pronto, posto que en 1904 obtén a segunda medalla na Exposición Nacional de Belas Artes e a primeira dous anos máis tarde, en 1906. É condecorado en 1912 e na Exposición Internacional de Barcelona de 1929 ten a honra de que se lle destine unha sala independente. Tamén obtén distincións no estranxeiro, coma a medalla de bronce en Liexa e a de ouro en Munich, en 1909. Segue amoreando galardóns en mostras internacionais de Barcelona, 1907, e Bos Aires, 1910. Membro da Real Academia de Belas Artes de San Fernando desde 1922, é nomeado director da mesma en 1953. Antes viviu plenamente a gloria en América, xa que é designado profesor e despois director da Escola de Belas Artes de Chile desde 1911. Foi subdirector do Museo do Prado desde 1919 e director en 1922, cargo que desempeña ata a chegada da República en 1931 e recobra en 1939, ó concluí-la Guerra Civil, ata a súa morte. Gañou o premio March de pintura en 1956. Con motivo do centenario do seu nacemento celebrouse no Palacio Velázquez do Retiro unha monumental exposición retrospectiva con máis dun cento das súas obras. Está representado nos principais museos de España, Europa e América. Sotomayor é un artista que recolle a mellor tradición do Renacemento e, sobre todo, do Barroco. O seu principal mestre é Velázquez, do que evoca moitas veces os seus ambientes paisaxísticos no retrato. Tamén é considerable a influencia que exerce na súa obra a pintura flamenca, desde Rembrandt a Franz Hals. Debuxante consumado, seguro e colorista excepcional, ten a virtude da composición e a seguridade do efectismo da mancha no xogo da luz, que domina de modo excepcional. Abordou tódolos xéneros,desde a composición histórica ou mitolóxica á escena folclórica, na que son universalmente coñecidas obras súas coma «Boda en Bergantiños». Canto ó retrato tamén é un mestre, con pezas de excepción cando non se dá o compromiso social, aínda que mesmo neste ámbito concreto hai sempre na súa obra prestancia, dignidade e beleza. A faceta menos coñecida da súa pintura, e sen embargo magnífica, é o paisaxismo puro. Arrastrando os modos impresionistas constrúe a obra cos mínimos elementos, desde unha mancha seca e rápida de excepcional virtude. Abonda co exemplo de "Paisaje del Berbés", que conserva o Museo de Pontevedra, para calificalo de mestre. Sotomayor é o enlace, a peza necesaria, entre a gran pintura barroca e as tendencias innovadoras que xorden desde comezos do presente século e ás que nunca se quixo adscribir. Bastoulle a figuración, o academicismo sentido en liberdade, a elegancia de grande prestancia conceptual, para ser un grande mestre.
-Contreras, Juan (Marqués de Lozoya): Sotomayor. Madrid, Edic. Cultura Hispánica, 1948. -Chamoso Lamas, Manuel: «Arte», en Galicia. Barcelona, Edit. Noguer. 1976. -Sánchez Cantón, F. J.: Fernando Alvarez de Sotomayor. Madrid, 1952. -Campoy, A. M.: Diccionario crítico del arte español contemporáneo. Madrid, Ibérico Europea de Edic., 1973. -Pablos, Francisco: Pintores gallegos del Novecientos. A Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981. -Pablos, Francisco: Plástica gallega. Vigo, Caixavigo, 1981. -Gaya Nuño, J. A.: La pintura española del siglo XX. Madrid, Ibérico Europea de Edic., 1970. -Filgueira Valverde, J.: Pintores ferrolanos. A Coruña, Diputación Provincial, 1980. -Mon, Fernando: Pintura contemporánea en Galicia. A Coruña, Caixa Galicia, 1987. -Pantorba, Bernardino de (seudónimo de José López Jimenez): Historia y crítica de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes celebradas en España. Madrid, 1980.
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Considerado como uno de los mejores retratistas de la pintura española, este admirador del arte barroco dejará entrever en sus retratos la influencia de sus viajes a Holanda y sus conocimientos de la pintura flamenca y española, de Franz Hals y de Velázquez de los que aprende que el retrato, más que una representación física, es una introspección psicológica. Sotomayor se adentra en la personalidad del retratado a través de una composición cuidada en extremo, escrupulosamente pensada y medida en la que persona y obra adquieren la misma identidad, son uno mismo.
En el retrato mantiene un esquema fijo que consiste en situar al personaje a la derecha del cuadro, de medio cuerpo y en un primer plano, relegando el paisaje hacia el fondo. Destaca la dignidad del representado, en este caso sobriamente vestido con corbata y abrigo, de porte serio, su rostro es amable esbozando una media sonrisa y seduciendo con sus ojos de un azul transparente.
El fondo no es neutro, no funciona como elemento decorativo sino que adquiere en la obra un valor fundamental. Paisaje y personaje se identifican convirtiendo a la naturaleza una metáfora de la personalidad del retratado. La montaña y el árbol simbolizan valores como la estabilidad, la solidez y la nobleza y a la vez, remiten a la pintura del barroco, al paisaje de la sierra de Guadarrama que Velázquez empleaba como fondo de sus retratos reales.
La obra es un ejemplo de la capacidad técnica y de la riqueza cromática del autor. Si en sus primeros trabajos Sotomayor recurría a una pincelada suelta, su evolución le llevó hacia una pintura más detallista, acabada y relamida. La pincelada describe el óvalo del rostro, las modulaciones de la luz sobre la frente, el brillo de la mirada y todo ello confiere volumen y corporeidad a la imagen.
El contraste cromático se determina mediante dos niveles lumínicos. Frente al árbol y al caballero, que se mantienen en semipenumbra, la luz se concentra en el paisaje de fondo en el que domina una paleta caliente de rosas y naranjas impuestos mediante un trazo suelto y dinámico que desentona con la pincelada segura de ocres y pardos del primer plano.
Sotomayor, como un cronista de su época, no solo presenta imágenes individuales sino tipos y caracteres que definen la España de su tiempo.
Considerado como un dos mellores retratistas da pintura española, este admirador da arte barroca deixará entrever nos seus retratos a influencia das súas viaxes a Holanda e os seus coñecementos da pintura flamenca e española, de Franz Hals e de Velázquez, dos que aprende que o retrato, máis que una representación física é unha introspección psicolóxica. Sotomayor introdúcese na personalidade do retratado a través dunha composición coidada en extremo, escrupulosamente pensada e medida, na que persoa e obra adquiren a mesma identidade, son un mesmo.
No retrato mantén un esquema fixo que consiste en situar o personaxe á dereita do cadro, de medio corpo nun primeiro plano, relegando a paisaxe cara ó fondo. Destaca a dignidade do representado, neste caso sobriamente vestido con garabata e abrigo; de porte serio, o seu rostro amable esboza un medio sorriso e seduce cos seus ollos dun azul transparente.
O fondo non é neutro, non funciona como elemento decorativo senón que adquire na obra un valor fundamental. Paisaxe e personaxe identifícanse convertendo a natureza nunha metáfora da personalidade do retratado. A montaña e a árbore simbolizan valores como a estabilidade, a solidez e a nobreza, á vez que remiten á pintura do barroco, á paisaxe da serra de Guadarrama que Velázquez empregaba como fondo dos seus retratos reais.
A obra é un exemplo da capacidade técnica e da riqueza cromática do autor. Se na súas primeiros traballos Sotomayor recorría a unha pincelada solta, a súa evolución levouno cara a unha pintura máis detallista, acabada e relambida. A pincelada describe o óvalo dos rostro, as modulacións da luz sobre a fronte, o brillo da mirada, e todo esto confírelle volume e corporeidade á imaxe.
O contraste cromático determínase mediante dous niveis lumínicos. Fronte á árbore e ó cabaleiro, que se manteñen en semipenumbra, a luz concéntrase na paisaxe de fondo, na que domina unha paleta quente de rosas e laranxas, cores impostas mediante un trazo solto e dinámico que desentoa coa pincelada segura de ocres e pardos do primeiro plano.
Sotomayor, como un cronista da súa época, non só presenta imaxes individuais senón tipos e caracteres que definen a España do seu tempo.
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