| Inicio |
Información de AutorInformación do Autor ![]() |
Obra en Detalle ![]() |
Resultados Búsqueda ![]() |
Busq. Avanzada ![]() |
Busq. Específica ![]() |
Siguiendo con su trayectoria de pinturas fantásticas ligadas al mundo marino, en este caso Urbano Lugrís nos presenta una obra que no escapa de sus características habituales y que incluye una temática religiosa como protagonista. Este tema también será recurrente en muchas de las obras de este artista, nos encontraremos en numerosas ocasiones con representaciones de santos y vírgenes, pero siempre que estos tengan algún tipo de enlace con el mar, como en esta ocasión.
Estamos ante una obra que mezcla la modernidad característica de Lugrís, de pinturas fantásticas de concepción surrealista, con la tradición medieval de representaciones hagiográficas, dada sobre todo por la disposición de escenas en un políptico de madera. La combinación tonal de azules domina en la composición, y destaca la característica planitud de colores que solía aplicar este artista, influencia del cartelismo, y la marcada teatralidad de escenas, fruto de su trabajo como diseñador de decorados para La Barraca en la década de los 30', donde conoce a Lorca y Alberti viajando por España con las Misiones Pedagógicas.
En el panel central tenemos la imagen de San Telmo, patrón de pescadores y marineros, religioso del siglo XIII que se dedicó a la evangelización en Tui y organizó a este sector en asociaciones para que defendieran sus derechos, precursor de las actuales cofradías y gremios de mareantes. Lugrís lo representa bajo el mar, en un curioso altar rodeado de conchas y elementos náuticos, con sus atributos habituales: el hábito dominico, un barco en su mano izquierda (patrón de marineros) y un cirio encendido en la derecha, que hace referencia a los fuegos de San Telmo y a la calma de tempestades, uno de los milagros atribuidos al santo, de los cuales encontramos referencia en los paneles laterales, puesto que el artista nos muestra en estas pinturas más pequeñas una serie de milagros representados a modo de leyendas, donde podemos ver al santo en varias ocasiones suspendido en el aire, calmando tempestades en el mar y salvando a los barcos de estas inclemencias meteorológicas e incluso de monstruos marinos. También lo encontramos bendiciendo a los ahogados en naufragios y una representación de los fuegos de San Telmo, una leyenda marina que contaba que ardían los mástiles de los barcos en plena noche, pero que tiene una explicación científica puesto que se produce una combustión de las puntas de los palos a baja temperatura por causa de una tormenta eléctrica, creando un resplandor azulado que desde siempre impresionó a los marineros.
Seguindo coa súa traxectoria de pinturas fantásticas ligadas ao mundo mariño, neste caso Urbano Lugrís preséntanos unha obra que non escapa das súas características habituais e que inclúe unha temática relixiosa como protagonista. Este tema tamén será recorrente en moitas das obras deste artista, encontrarémonos en numerosas ocasións con representacións de santos e virxes, pero sempre que estes teñan algún tipo de enlace co mar, como nesta ocasión.
Estamos ante unha obra que mestura a modernidade característica de Lugrís, de pinturas fantásticas de concepción surrealista, coa tradición medieval de representacións haxiográficas, dada, sobre todo, pola disposición de escenas nun políptico de madeira. A combinación tonal de azuis domina na composición, e destaca a característica planitude de cores que adoitaba aplicar este artista, influencia do cartelismo, e a marcada teatralidade de escenas, froito do seu traballo como deseñador de decorados para La Barraca na década dos 30, onde coñece a Lorca e Alberti viaxando por España coas Misións Pedagógicas.
No panel central temos a imaxe de San Telmo, patrón de pescadores e mariñeiros, relixioso do século XIII que se dedicou á evanxelización en Tui e organizou a este sector en asociacións para que defendesen os seus dereitos, precursor das actuais confrarías e gremios de mareantes. Lugrís represéntao baixo o mar, nun curioso altar rodeado de cunchas e elementos náuticos, cos seus atributos habituais: o hábito dominico, un barco na súa man esquerda (patrón de mariñeiros) e un cirio acendido na dereita, que fai referencia aos fogos de San Telmo e á calma de tempestades, un dos milagres atribuídos ao santo, dos cales encontramos referencia nos paneis laterais, posto que o artista nos mostra nestas pinturas máis pequenas unha serie de milagres representados a modo de lendas, onde podemos ver o santo en varias ocasións suspendido no aire, calmando tempestades no mar e salvando os barcos destas inclemencias meteorolóxicas e mesmo de monstros mariños. Tamén o encontramos bendicindo os afogados en naufraxios e unha representación dos fogos de San Telmo, unha lenda mariña que contaba que ardían os mastros dos barcos en plena noite, pero que ten unha explicación científica posto que se produce unha combustión das puntas dos paus a baixa temperatura por causa dunha tormenta eléctrica, o que crea un resplandor azulado que desde sempre impresionou os mariñeiros.
¡Qué enorme poder creativo, en un mundo estético propio, poseía este desordenado coherente, este lúcido bohemio, este malogrado pintor, fascinante personalidad, memoria insuperable, lector infatigado, fatigado hombre en su postrer madurez, mezcla de Julio Verne y Joseph Conrad, de Homero y Víctor Hugo!. Hijo del jurista y escritor Manuel Lugrís Freire, vive su infancia en un ambiente intelectual distinguido en A Coruña, cuando la urbe entrega al mar la duplicidad de la imagen transparente de sus Cantones en los felices años que preceden a la primera gran guerra y es presencia viva y árbitro intelectual la oronda silueta de una dama linajuda, la condesa de Pardo Bazán. Cursa estudios de Peritaje Mercantil, que nunca le interesarán a quien ni siquiera supo llevar las cuentas de su propia vida. Al iniciarse la República se indetifica, en Madrid, con la juventud intelectual. Amista con García Lorca, con Rafael Alberti. Dibuja, pinta, declama, asombra con su verbo prodigioso, con la precisión imprecisable de sus citas. Fantasea con su vida y se dice compañero de Ismael y del capitán Ahab en la aventura de Mobby Dick. Sabe de memoria La Odisea -él aseguraba que en griego clásico- y sostiene que regresa a la batalla de Pavía, donde ha sido coracero al servicio del césar Carlos, el rubio y melancólico emperador del mundo, a quien de seguro ya ha retratado imaginariamente. Se vincula a las Misiones Pedagógicas, experiencia cultural inolvidable, histórica, y de la mano de Rafael Dieste, otro gallego exquisito, recorre España con el Teatro de Títeres, donde hace «cristobitas», imita voces, pinta decorados. Matrimonia, y el recuerdo de Paula será siempre una nostalgia beethoweniana. Finaliza la guerra civil y comienza a pintar murales. Nace su hijo Urbano, que será marino inicialmente, viejo deseo paterno incumplido, y al fin pintor, como el padre, y tan próximo al padre en mundo y estilo. Urbano, Lugrís, gigantón, tímido, a veces agresivo, caballero a la vieja usanza generoso de su tiempo, desprendido aun de lo que no posee, vive en Madrid la búsqueda de la gloria. Decora ambientes del rimbombante Instituto de Cultura Hispánica. Su mundo mítico impresiona. Su tarea de pintor «de cámara», como firmaba en broma muchas veces, le lleva, nada menos, que a decorar los camarotes del yate «Azor», unidad de la Armada transformada en barco de recreo para el Jefe del Estado, quien felicita al pintor en un encuentro que ha tenido mil versiones corregidas, por el propio protagonista y por aquéllos que escucharon la anécdota. A punto está de marchar a la República Dominicana, en los tiempos de la dictadura de Trujillo, animado por Sánchez Bella, jerifalte de la Cultura Hispánica y de la cultura oficial franquista. En Vigo ha dejado amigos: industriales, escritores, pintores. Decide venir a la ciudad atlántica y realiza una primera exposición de dibujos en la desaparecida sala Foto Club. Su experiencia de ilustrador la ha vivido intensamente, años antes, en Faro de Vigo, en publicaciones ocasionales y en la gran aventura cultural gallega que fue «Atlántida», junto a Mariano Tudela y José María de Labra. Ha muerto Paula, su esposa, con la que tuvo dos hijos. La evocará constantemente, en la intimidad de la tertulia de la taberna de Eligio, algo así como su segunda casa, si es que tuviese primera, que nadie le conocía. Pinta poco. Dibuja mucho. Habla más y bebe mucho más, aunque todo era poco para su recia humanidad. Era maravilloso en el arte de perder el tiempo. Proyecta trabajos que no realiza. Incumple encargos que ha forzado. Arrecia la soledad, pese a reunirse con artistas y escritores. Prefiere la compañía de la juventud, de las nuevas generaciones que ven en él a un maestro absoluto, porque sabe cosas raras y precisas que no están en los libros. Las de los libros, nadie sabe cómo, las sabe todas. Alguna escapada a Santiago y a Coruña. Bohemia cada vez más negra. Apenas pinta, pese a que le animan amigos como los Beiras, los Alvarez Blázquez, Antón Patiño. No tiene prisa por cobrar lo poco que pinta, o lo regala, porque le bastan unos pocos duros para subsistir en una existencia de caída casi vertical. Su carácter cordial se agría. Su entidad física se reduce. Su salud empeora. Es internado en el Hospital Municipal y muere, se nos muere, la víspera de Nochebuena de 1973. Mientras en todas las casas comenzaba a prepararse la mesa de la noche conmemorativa, al sol frío de ese diciembre de hace casi dos decenios, le dimos tierra en el cementerio de Pereiró unos pocos amigos que aún seguimos llevándolo en el alma. Se nos había muerto, de anónimo y cordura, un compañero entrañable, y tan temprano. Para el autor de estas líneas, la emoción se revivió una tarde de septiembre, años después, porque en ella enterramos a mi madre, casi los mismos amigos que a Lugrís, en el mismo cementerio, muy cerca. Y a continuación pronuncié una conferencia sobre la vida y la obra de Lugrís, inaugurando la primera gran exposición antológica de su obra, que después se repetiría, con la magna del kiosco Alfonso de A Coruña, en el verano de 1989. Me pareció que el polvo de la tierra del camposanto que guarda los restos de Concepción Arenal era todavía el mismo, en los dos entierros, y que el tizne que el féretro había dejado en mis manos era la tinta de Lugrís, sobre los veladores de la taberna entrañable de Eligio, dibujaba para todos, en tantos primores volanderos y muchos más ejemplos de arte perdidos, cuando la bayeta de aseo borraba los trazos en el mármol donde había posado su único brazo, discutidor y gesticulante como el pintor coruñes, don Ramón María del Valle Inclán. La obra de Urbano Lugrís ha sido valorada tardíamente. De todos modos, hay excelentes ejemplos en los Museos de Galicia -el mejor, el más perfecto, en el de Castrelos, en Vigo-, en instituciones públicas, en colecciones particulares. Lugrís fue un surrealista tardío, desde luego no el único ni el inicial de los surrealistas gallegos, puesto que se anticiparon el primero que de esa corriente supo, Cándido Fernández Mazas, y su paisano Eugenio Fernández Granell. Pero el orensano no tuvo tiempo de cuajar la tendencia, y el segundo la expresó en América. Por eso, para muchos, Lugrís era y es el surrealista gallego por excelencia. En realidad era un goticista fuera de siglo. Su mundo estilizado, la exactitud de su línea, la fantasia de su mundo plástico, deliberadamente decadente y sobrecargado de literatura, lo hacen inconfundible. Le hubiera gustado poseer la perfección del oficio de Van Eyck. Amaba a Magritte, a Ernts, a Picabia. Realmente, su pintura es, como un día se dijo de la de Gregorio Prieto, tan distinto, «poesía en línea». Es exacto como un endecasílabo y perfecto como un soneto. Mundos sumergidos, paisajes imposibles, fauna marina de zoología fantástica, seres míticos, pueblan sus cuadros junto a los trebejos del antiguo marino. Adoraba las derrotas, los portulanos, los mapas, los catalejos, las brújulas y sextantes. Era, al fin, un barroco. Más aún: un rococó que adelgazaba las cosas, para permitir espacios abisales donde habitan caracolas, nereidas, leviatanes. Lo decía con una pincelada exacta, exquisita, aquilatada. Tan delgada a veces, que casi no transportaba materia. Así creó Urbano Lugrís, rozando el diálogo imaginario con Goethe, su mundo propio, en busca de la luz del faro del fin del mundo que había ideado Julio Verne.
-Pablos, Francisco: Plástica gallega. Vigo, Caixavigo, 1981. -VV. AA: Urbano Lugrís. Catálogo de la Exposición Antológica. Xunta de Galicia, Ayuntamiento de A Coruña, 1989. -Mon, Fernando: Pintura contemporánea en Galicia. A Coruña, Caixa Galicia, 1970. -Chamoso Lamas, Manuel: «Arte», en Galicia. Barcelona, Edit. Noguer., 1976. -González Alegre, Alberto: Catálogo de la Exposición Antológica. Vigo, Caixavigo, 1984. -Pablos, Francisco: Colección Adriano Marques de Magallanes. Vigo, Excmo. Ayuntamiento, 1992. -V. V. A. A.: Un siglo de pintura gallega 1880/1980. Buenos Aires, Museo Nacional de Bellas Artes, 1984. -Ilarri Gimeno, Angel: Catálogo del Pazo Museo «Quiñones de León». Vigo, Excmo. Ayuntamiento, 1978.
¡Qué enorme poder creativo nun mundo estético propio posuía este desordenado coherente, este lúcido bohemio, este malogrado pintor de fascinante personalidade e memoria insuperable, lector infatigable, home cansado na súa postreira madureza, mestura de Julio Verne e Joseph Conrad, de Homero e Víctor Hugo! Fillo do xurista e escritor Manuel Lugrís Freire, vive a súa nenez nun ambiente intelectual distinguido na Coruña, cando a urbe entrega á mar a duplicidade da imaxe transparente dos seus cantóns nos felices anos que preceden á primeira gran guerra e é presencia viva e árbitro intelectual a redonda silueta dunha dama linaxuda, a condesa de Pardo Bazán. Cursa estudios de Peritaxe Mercantil, que nunca lle interesarán xa que nin sequera soubo leva-las contas da súa propia vida. Ó iniciarse a República identifícase en Madrid coa mocidade intelectual. Fai amizade con García Lorca e Rafael Alberti. Debuxa, pinta, declama, asombra co seu verbo prodixioso, coa precisión imprecisable das súas citas. Fantasea coa súa vida e dise compañeiro de Ismael e do capitán Abalo na aventura de Mobby Dick. Sabe de memoria La Odisea- el aseguraba que en grego clásico- e sostén que regresa da batalla de Pavía, onde fora coiraceiro ó servicio do César Carlos, o loiro e melancólico emperador do mundo, a quen de seguro xa ten retratrado imaxinariamente. Vincúlase ás Misións Pedagóxicas, experiencia cultural inesquecible, histórica e da man de Rafael Dieste, outro galego exquisito percorre España co Teatro de Títeres, onde fai «cristobitas», imita voces, pinta decorados. Casa con Paula e a súa lembranza vai ser sempre unha nostalxia beethoweniana. Rematada a guerra civil, empeza a pintar murais e nace o seu fillo Urbano, que en principio ha ser mariño, vello desexo paterno incumprido, e ó fin pintor, coma o pai e tan achegado a el en mundo e estilo. Urbano Lugrís, xigantón, tímido, ás veces agresivo, cabaleiro á vella usanza, xeneroso do seu tempo, desprendido aínda do que non posúe, vive en Madrid á procura da gloria. Decora ambientes do rimbombante Instituto de Cultura Hispánica. O seu mundo mítico impresiona. A súa tarefa de pintor «de cámara», como asinaba en broma moitas veces, lévao nada menos que a decora-los camarotes do iate «Azor», unidade da Armada transformada en barco de lecer para o xefe do Estado, quen felicita ó pintor nun encontro que tivo mil versións corrixidas polo propio protagonista e polos que escoitaron a anécdota. Está a pique de marchar á República Dominicana, nos tempos da dictadura de Trujillo, animado por Sánchez-Bella, xerifalte da Cultura Hispánica e mais da cultura oficial franquista. En Vigo deixou amigos: industriais, escritores e pintores. Decide vir á cidade atlántica e fai unha primeira exposición de debuxos na desaparecida sala Foto Club. A súa experiencia de ilustrador vivíuna intensamente anos antes en Faro de Vigo, en publicacións ocasionais e na grande aventura cultural galega que foi «Atlántida», xunto a Mariano Tudela e José María de Labra. Morreu Paula, a súa muller, coa que tivo dous fillos. Evocaráa constantemente na intimidade da tertulia da taberna de Eligio, algo así como a súa segunda casa, se é que tivo primeira, que ninguén coñecía. Pinta pouco; debuxa moito; fala máis e bebe moito máis, aínda que todo era pouco para a súa rexa humanidade. Era maravilloso na arte de perde-lo tempo. Proxecta traballos que non realiza. Incumpre encargos que forzou. Intensifícase a súa soidade, malia se xuntar con artistas e escritores. Prefire a compañía da mocidade, das novas xeracións que ven nel a un mestre absoluto, porque coñece cousas raras e precisas que non están nos libros. As dos libros, ninguén sabe cómo, coñéceas todas. Algunha escapada a Santiago e á Coruña. Bohemia cada vez máis moura. A penas pinta, pese a que o animan amigos coma os Beiras, os Álvarez Blázquez, Antón Patiño. Non ten présa por cobra-lo pouco que pinta -ou regalábao- porque lle chegan uns poucos duros para subsistir nunha existencia de caída case vertical. O seu carácter cordial acédase. A súa entidade física redúcese. A súa saúde empeora. É internado no Hospital Municipal e morre, mórrenos a véspera da Noiteboa de 1973. Mentres, en tódalas casas empezaba a prepararse a mesa da noite conmemorativa, ó sol frío dese decembro de hai case dous decenios, démoslle terra no cemiterio de Pereiró uns poucos amigos que aínda seguimos levándoo na alma. Morréranos, de anónimo e cordura, un compañeiro entrañable, e tan cedo. A obra de Urbano Lugrís valorouse serodiamente. De tódolos xeitos, hai excelentes exemplos nos museos de Galicia -o mellor, o máis perfecto, no de Castrelos, en Vigo-, en institucións públicas e mais en coleccións particulares. Lugrís foi un surrealista tardeiro e, desde logo, non o único nin o inicial dos surrealistas galegos, xa que se adiantaran o primeiro que soubo desa corrente, Cándido Fernández Mazas, e un paisano seu, Eugenio Fernández Granell. Pero o ourensán non tivo tempo de calla-la tendencia e o segundo expresouna en América. Por iso, para moitos, Lugrís era e é o surrealista galego por excelencia. En realidade era un goticista fóra de século. O seu mundo estilizado, a exactitude da súa liña, a fantasía do seu mundo plástico, deliberadamente decadente e sobrecargado de literatura, fano inconfundible. Tivéralle gustado posuí-la perfección do oficio de Van Eyck. Amaba a Magritte, Ernst e Picabia. Realmente a súa pintura é, como se dixo un día da de Gregorio Prieto, tan distinta,"poesía en liña". É exacto coma un hendecasílabo e perfecto como un soneto. Mundos somerxidos, paisaxes imposibles, fauna mariña de zooloxía fantástica, seres míticos poboan os seus cadros xunto cos traballos do antigo mariño. Adoraba as derrotas, os compases, os mapas, os prismáticos, as brúxulas e sextantes. Era, ó cabo, un barroco. Aínda máis: un rococó que enfranquecía as cousas para permitir espacios abisais onde habitan caracolas, nereídas, leviatáns. Decíao cunha pincelada exacta, exquisita e precisa. Tan delgada, ás veces que case non transportaba materia. Así creou Urbano Lugrís, rozando o diálogo imaxinario con Goethe, o seu propio mundo, á procura da luz do faro do fin do mundo que ideara Julio Verne.
-Pablos, Francisco: Plástica gallega. Vigo, Caixavigo, 1981. -VV. AA: Urbano Lugrís. Catálogo da Exposición Antolóxica. Xunta de Galicia, Concello de A Coruña, 1989. -Mon, Fernando: Pintura contemporánea en Galicia. A Coruña, Caixa Galicia, 1970. -Chamoso Lamas, Manuel: «Arte», en Galicia. Barcelona, Edit. Noguer., 1976. -González Alegre, Alberto: Catálogo da Exposición Antológica. Vigo, Caixavigo, 1984. -Pablos, Francisco: Colección Adriano Marques de Magallanes. Vigo, Concello, 1992. -VV. AA.: Un siglo de pintura gallega 1880/1980. Buenos Aires, Museo Nacional de Bellas Artes, 1984. -Ilarri Gimeno, Angel: Catálogo do Pazo Museo «Quiñones de León». Vigo, Concello, 1978.
|
|
|
| ||||||||||||
|
|
|
| ||||||||||||
|
Siguiendo con su trayectoria de pinturas fantásticas ligadas al mundo marino, en este caso Urbano Lugrís nos presenta una obra que no escapa de sus características habituales y que incluye una temática religiosa como protagonista. Este tema también será recurrente en muchas de las obras de este artista, nos encontraremos en numerosas ocasiones con representaciones de santos y vírgenes, pero siempre que estos tengan algún tipo de enlace con el mar, como en esta ocasión.
Estamos ante una obra que mezcla la modernidad característica de Lugrís, de pinturas fantásticas de concepción surrealista, con la tradición medieval de representaciones hagiográficas, dada sobre todo por la disposición de escenas en un políptico de madera. La combinación tonal de azules domina en la composición, y destaca la característica planitud de colores que solía aplicar este artista, influencia del cartelismo, y la marcada teatralidad de escenas, fruto de su trabajo como diseñador de decorados para La Barraca en la década de los 30', donde conoce a Lorca y Alberti viajando por España con las Misiones Pedagógicas.
En el panel central tenemos la imagen de San Telmo, patrón de pescadores y marineros, religioso del siglo XIII que se dedicó a la evangelización en Tui y organizó a este sector en asociaciones para que defendieran sus derechos, precursor de las actuales cofradías y gremios de mareantes. Lugrís lo representa bajo el mar, en un curioso altar rodeado de conchas y elementos náuticos, con sus atributos habituales: el hábito dominico, un barco en su mano izquierda (patrón de marineros) y un cirio encendido en la derecha, que hace referencia a los fuegos de San Telmo y a la calma de tempestades, uno de los milagros atribuidos al santo, de los cuales encontramos referencia en los paneles laterales, puesto que el artista nos muestra en estas pinturas más pequeñas una serie de milagros representados a modo de leyendas, donde podemos ver al santo en varias ocasiones suspendido en el aire, calmando tempestades en el mar y salvando a los barcos de estas inclemencias meteorológicas e incluso de monstruos marinos. También lo encontramos bendiciendo a los ahogados en naufragios y una representación de los fuegos de San Telmo, una leyenda marina que contaba que ardían los mástiles de los barcos en plena noche, pero que tiene una explicación científica puesto que se produce una combustión de las puntas de los palos a baja temperatura por causa de una tormenta eléctrica, creando un resplandor azulado que desde siempre impresionó a los marineros.
Seguindo coa súa traxectoria de pinturas fantásticas ligadas ao mundo mariño, neste caso Urbano Lugrís preséntanos unha obra que non escapa das súas características habituais e que inclúe unha temática relixiosa como protagonista. Este tema tamén será recorrente en moitas das obras deste artista, encontrarémonos en numerosas ocasións con representacións de santos e virxes, pero sempre que estes teñan algún tipo de enlace co mar, como nesta ocasión.
Estamos ante unha obra que mestura a modernidade característica de Lugrís, de pinturas fantásticas de concepción surrealista, coa tradición medieval de representacións haxiográficas, dada, sobre todo, pola disposición de escenas nun políptico de madeira. A combinación tonal de azuis domina na composición, e destaca a característica planitude de cores que adoitaba aplicar este artista, influencia do cartelismo, e a marcada teatralidade de escenas, froito do seu traballo como deseñador de decorados para La Barraca na década dos 30, onde coñece a Lorca e Alberti viaxando por España coas Misións Pedagógicas.
No panel central temos a imaxe de San Telmo, patrón de pescadores e mariñeiros, relixioso do século XIII que se dedicou á evanxelización en Tui e organizou a este sector en asociacións para que defendesen os seus dereitos, precursor das actuais confrarías e gremios de mareantes. Lugrís represéntao baixo o mar, nun curioso altar rodeado de cunchas e elementos náuticos, cos seus atributos habituais: o hábito dominico, un barco na súa man esquerda (patrón de mariñeiros) e un cirio acendido na dereita, que fai referencia aos fogos de San Telmo e á calma de tempestades, un dos milagres atribuídos ao santo, dos cales encontramos referencia nos paneis laterais, posto que o artista nos mostra nestas pinturas máis pequenas unha serie de milagres representados a modo de lendas, onde podemos ver o santo en varias ocasións suspendido no aire, calmando tempestades no mar e salvando os barcos destas inclemencias meteorolóxicas e mesmo de monstros mariños. Tamén o encontramos bendicindo os afogados en naufraxios e unha representación dos fogos de San Telmo, unha lenda mariña que contaba que ardían os mastros dos barcos en plena noite, pero que ten unha explicación científica posto que se produce unha combustión das puntas dos paus a baixa temperatura por causa dunha tormenta eléctrica, o que crea un resplandor azulado que desde sempre impresionou os mariñeiros.
Visor de Eventos |
|
|
| Título | Inv. | Tipo | Técnica | TipologíaTipoloxía | Autor | FechaData | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Filtrar: | |||||||
| PáginaPáxina 1 de 3 | |||||||
| Consultando de registrosrexistros | |||||||
Buscar en la colección:
Buscar na colección:
| Nombre ArtísticoNome Artístico | NombreNome | ApellidosApelidos | NacimientoNacemento | |
|---|---|---|---|---|
| Filtrar: | ||||
| PáginaPáxina 1 de 3 | ||||
| Consultando de registrosrexistros | ||||
| Título | Inv. | Tipo | Técnica | TipologíaTipoloxía | Autor | FechaData | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Filtrar: | |||||||
| PáginaPáxina 1 de 3 | |||||||
| Consultando de registrosrexistros | |||||||
Cargando Datos... |

Cargando Datos...